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miércoles, 6 de julio de 2016

Un nuevo cuento para el verano

Os escribimos un nuevo cuento para que disfrutéis leyendo durante las vacaciones.



Arcilla y barro



 

Erase una vez un alfarero que hacía vasijas de barro, cada una era particular e irrepetible. Modelando cuidadosamente la masa de arcilla que giraba sobre el torno, traía a la existencia la idea que había diseñado en su imaginación. Después de cocerlas en el horno las colocaba en baldas y las contemplaba una y otra vez, regodeándose en sus obras. Las cambiaba de sitio de vez en cuando, les quitaba el polvo y hablaba con ellas. Un día de inspiración fabricó un magnífico botijo regordete y gracioso. Mientras esperaba para meterlo en el horno, entró una ráfaga de viento y una tabla, que estaba mal apoyada en la estantería, resbaló y cayó encima del botijo aún fresco, quedándose deforme y feo. Pero el alfarero en vez de tirarlo, lo miró y le descubrió una gracia especial, le cogió aprecio y pasó a ser su botijo preferido. También hizo un jarrón alto y esbelto con cenefas y grecas de bellos colores. Y después modeló un recipiente singular; más hondo que un plato, pero más bajo que un cuenco, aunque no llegaba a ser tampoco un vaso. Vamos, una vasija multiusos sin finalidad concreta. Y lo coció junto a las otras vasijas.

            A los pocos días entró en la tienda un cliente con intención de comprar un recuerdo para llevar a su familia y después de observar todas las vasijas detenidamente, se decidió por el colorido jarrón. El alfarero se despidió de su jarrón deseándole lo mejor mientras lo envolvía cuidadosamente para entregárselo a su cliente. Cuando ya salía de la tienda vio el cuenco y pensó que le haría buen papel a su mujer en la cocina y también lo compró. El botijo miraba a sus compañeros con envidia y pena. El alfarero al ver a su pobre botijo le dijo al cliente:

            –Como me ha comprado dos vasijas le regalaré este gracioso botijo.

            –¡Pero si está deforme! –contestó el hombre.

            –Sí, pero es especial, no hay otro como este.

            –Bueno, como dice el refrán: “a caballo regalado no le mires el diente”. Bien, me lo llevo –y salió de la tienda con las tres vasijas.

            El jarrón quedó colocado sobre la mesa de la cocina con unas preciosas flores. El cuenco iba cambiando de un lugar a otro según lo utilizaban para poner frutos secos, recoger las migas de la mesa o las peladuras de las patatas. Y el pobre botijo quedó arrinconado en una esquina de la alacena, pues no servía para mucho; era deforme y no podía mantener fresca el agua. El jarrón se sentía orgulloso, era bonito y lo habían colocado en el lugar más destacado. Dirigiéndose al botijo que miraba  tímidamente hacia el suelo, le dijo con hilaridad:

            –Oye botijo: ¿Cómo se ve la vida desde ese rincón? Yo desde aquí lo contemplo todo estupendamente ¡Qué pena me das! No sirves para nada y eres muy feo. Mírame a mí. Soy muy colorido y me han engalanado con flores. Esto sí que tiene mérito.

            El botijo se encogió aún más intentando defenderse, pero sabía que el jarrón  tenía razón y que el único que le miraba con afecto era su alfarero, que ahora ya no estaba presente. El cuenco salió en su defensa:

            –Oye, no te metas con mi amigo. Tú serás colorido pero eres un vulgar jarrón, en cambio mi amigo es único. Mira qué hendidura tiene en el lado derecho. No creo que encuentres otro como él. Si vuelves a insultarle, te las verás conmigo.

            El jarrón se calló enfadado y el botijo agradeció al cuenco que le hubiera defendido con una media sonrisa, pues hasta eso le salía torcido.

            Pasaba el tiempo, el jarrón se hacía cada vez más engreído pensando en las cualidades que tenía, sólo hablaba de él y lo bonito que era. Llegó a hacerse insoportable y los otros ya ni le escuchaban. El cuenco se empezó a cansar de que le utilizaran para casi todo y de no tener, según él, una función digna de una vasija. Llegó a la conclusión de que lo que le gustaba de verdad era llevar la contraria y ser libre; poder elegir su propia misión. Así que, cuando le dejaban con un puñado de almendras sobre la mesa, se daba la vuelta y las almendras quedaban debajo. Lo peor era si le ponían algún líquido, pues aparecía desparramado y el dueño de la casa se enfadaba porque lo tenía que limpiar. Pero el cuenco se divertía y le hacía reír al botijo que le miraba desde su esquina sin decir nada.

            Un día el botijo le preguntó al cuenco:

            –¿Por qué no dejas que te utilicen para poner cosas?

            –Porque quiero ser yo mismo, estoy harto de que me usen para lo que quieren los demás. Yo quiero hacer algo original.

            –Pero si ya eres un cuenco original. No te das cuenta de que así no sirves para nada y se van a cansar de ti y te abandonarán como a mí en un rincón. Pues a mí ya me gustaría que me llevaran de aquí para allá y me tuvieran en cuenta. De mí ya no se acuerdan ni para quitarme el polvo.

            El cuenco escuchando las palabras de su amigo decidió cambiar y dejarse usar sin poner resistencia, así llegó a convertirse en el utensilio más imprescindible de la casa. El jarrón no tuvo tanta suerte; un día, el perro de la familia entró con tanta furia a la cocina que tropezó con la pata de la mesa y lo hizo caer al suelo rompiéndose en varios trozos. Los dueños pegaron las piezas, pero se quedó desportillado. Pensó que ya no iba a servir para nada y lo tirarían a la basura, pero le pusieron unas flores y lo colocaron en la alacena con la grieta y la muesca del borde hacia la pared, cerca del botijo. Este gesto le hizo reflexionar y cambiar de actitud. Desde entonces se le bajaron los aires de grandeza, se volvió más discreto y agradecido y comenzó a tratar al botijo con más simpatía.

            Pasado el tiempo, invitaron a comer a un amigo de la familia que tenía una galería de arte. Se fijó en el botijo y se interesó por él, le pareció maravillosamente único. Ofreció una alta suma de dinero para exponerlo en su galería, donde la gente podría admirar su original belleza y se lo llevó con él.

            En la galería de arte el pobre botijo se sentía muy solo sin sus compañeros. Un día, entre la gente que le contemplaba, descubrió los ojos de su alfarero que le miraban con la ternura de siempre. El alfarero sonrió y orgulloso de su obra maestra, comenzó a visitarlo a diario, lo que alegró profundamente al pobre botijo defectuoso.

FIN

jueves, 25 de febrero de 2016

Cuento del mes

Hola a todos. Hace bastantes meses que no hemos publicado ningún cuento, pero ahí va uno muy ecológico. Este mes queremos dar protagonismo a la sostenibilidad y más adelante os contaremos cómo estamos reciclando y haciendo nuestro abono orgánico para la huerta urbana.




PATI Y PITU CONOCEN A URA
Pati y Pitu eran muy buenas amigas. A las dos les gustaba investigar y aprender. Pati era aventurera, sin miedo para vivir nuevas experiencias, pero un poco atolondrada e impulsiva y bastante despistada. Pitu, en cambio era más previsora, reflexiva y tranquila, admiraba la valentía de Pati y ésta le agradecía sus consejos, siempre le recordaba cuándo llegaba la hora de volver a casa o le sugería que no arriesgara demasiado en las aventuras.
Un día de verano. Las dos amigas fueron a jugar al río. Estaban refrescándose en el agua cuando Pati descubrió un pez dorado muy brillante que le hacía cosquillas nadando entre sus piernas. Sin pensarlo dos veces se zambulló en el agua y puso su cara a la altura de los ojos del pez. Éste se paró en seco del susto, pronunció unas palabras silenciosas y siguió nadando. Pati salió del agua y le dijo a Pitu que el pez le había dicho que le siguiera.
—¿Estás loca? Los peces no hablan—Dijo Pitu.
—Pues éste me ha hablado. Y salió nadando detrás del pez.
Pitu siguió a Pati, tenía miedo de que se metiera en uno de sus líos, además, estaba intrigada por saber qué pez era aquel que brillaba tanto. Avanzando a contracorriente llegaron a unas rocas donde el agua caía formando una cascada, el pez atravesó la cascada y desapareció. Pati pretendía seguir al pez pero Pitu le agarró del traje de baño impidiéndole que siguiera nadando:
 —¡Pati no entres. No sabemos qué hay ahí, es peligroso! Y ese pez misterioso, a saber qué pretende.
—Pitu, el pez me ha mirado con cara de desesperación, quería decirme algo. Creo que tiene problemas y quiere que le ayudemos.
Pitu se compadeció del pez y soltó a Pati que se zambulló en el agua y desapareció. Con bastante miedo Pitu cerró la boca aguantando la respiración y siguió a Pati.
Bucearon y atravesando la cascada aparecieron en una cueva donde el agua les cubría hasta la cintura. Allí, un buen grupo de peces dorados nadaban formando círculos como si estuvieran bailando alrededor de una bella sirena. Iba vestida con una túnica azul de la que le asomaba una cola de pez plateada. Tenía el pelo castaño recogido con una diadema de perlas de río y se le escapaban unos tirabuzones que recordaban los remolinos formados en las corrientes de los ríos. Su apariencia era traslúcida como agua teñida de colores recogida en un recipiente en forma de sirena. Reflejaba serenidad y alegría. Al ver a las niñas les dijo:
—Bienvenidas a nuestra cueva. Os agradecemos mucho que hayáis venido. Yo soy Ura, el espíritu del agua. Os contaré por qué os hemos hecho llegar hasta aquí: siempre hemos vivido felices en nuestro río, pero desde hace unos meses el agua que respiramos viene contaminada y nos falta oxígeno para respirar, las crías de pez dorado se mueren al nacer y los peces adultos van enfermando. No sabemos la causa, pero pensamos que tiene algo que ver con una corriente de agua oscura que viene de la parte alta del río.
—¿Y nosotras qué podemos hacer? Preguntó Pitu.
—Nosotros no podemos salir del agua, pero vosotras sí. Hemos pensado que podríais investigar por ahí fuera y ayudarnos a poner solución a nuestro problema.
Las dos amigas se miraron en señal de complicidad y aceptaron la misión que les había encomendado Ura. Le prometieron que volverían con información para ayudarles.
Volvieron por donde habían entrado y comenzaron a caminar río arriba. Después de andar varios kilómetros descubrieron una casa con una tubería por donde caía al río un agua marrón y maloliente. Alrededor de la casa había mucha basura y plásticos tirados.
—Esto debe ser la causa del problema. El que vive aquí no es consciente del daño que está haciendo al río y tenemos que hablar con él— Dijo Pitu.
—Pues llamemos a la puerta—Contestó Pati. Y sin pensarlo dos veces tocó el timbre. Enseguida salió. Ellas le contaron que estaba contaminando el río y que se estaban muriendo los peces. Pero él les contestó enfadado:
—Mirad niñas, no tengo tiempo de escucharos. Estoy a punto de descubrir un gran avance científico que revolucionará el mundo de la tecnología y me dará mucho dinero. Lo siento, más adelante me preocuparé del río.— Y les cerró la puerta en las narices. Las dos amigas se miraron desanimadas y decidieron volver a contarle a Ura lo que habían averiguado. Ura les recibió expectante y después de escucharles con atención les dijo:
—No os preocupéis, tengo una idea. Les mandaré un mensaje a nuestras amigas las nubes a través de las gotitas de agua que se evaporan del río y ellas nos ayudarán.
Pati y Pitu no salían de su asombro, se imaginaron a las gotas de agua volando hacia el cielo con mensajes para las nubes. Ura les contó un plan de acción y volvieron a la casa del científico. Cuando ya estaban llegando las nubes comenzaron a volverse grises. Rayos y truenos empezaron a llenar el cielo y se formó una gran tormenta. De pronto, un rayo cayó en el poste de electricidad de la casa y después de un gran estruendo, ésta se quedó a oscuras. Pati y Pitu volvieron a llamar a la puerta. Pero tuvieron que tocar con los nudillos porque ya no funcionaba el timbre. De nuevo salió el hombre, esta vez mucho más enfadado.
—¿Qué hacéis aquí otra vez? Tengo mucho trabajo y no quiero que me molestéis. Se me han complicado las cosas: me he quedado sin electricidad y no puedo seguir con mi experimento.
Pitu cogió la palabra: —Ahora venimos a ayudarte, tenemos una solución para tu problema, pero tendrás que colaborar con nosotras.
El hombre dudó un poco, pero al final accedió y escuchó a las dos niñas que le contaron que si se comprometía a poner una depuradora en los desagües y recoger los plásticos y la basura en contenedores, ellas le pondrían un molino para aprovechar la fuerza del agua del río y podría conseguir electricidad gratis. El científico, que no era malo y sí muy listo, aceptó la propuesta. Con la ayuda de los peces dorados trajeron los materiales para el molino desde una antigua presa.
Pitu venía arrastrando un gran contenedor para las basuras y Pati que estaba colocando las piezas del molino, al verla, salió corriendo en su ayuda.
—Gracias Pati, eres muy buena amiga. ¿Quieres que te ayude yo en lo que estás haciendo? Al ir a ayudar a su amiga, a Pati se le había olvidado apretar bien las tuercas y la turbina salió disparada por la fuerza del agua. Las dos niñas salieron detrás viendo cómo se alejaba la turbina río abajo sin poder alcanzarla. Pero los peces dorados consiguieron recuperarla y les ayudaron a colocarla otra vez en su sitio.
Mientras trabajaban, el hombre les contó que su experimento consistía en transformar el cobre en un metal más conductor de la electricidad y aplicarlo a los ordenadores para conseguir que funcionaran mucho más rápido. Con este experimento podrían tener ordenadores muchos niños en las escuelas del mundo entero. Pero para eso tenía que tratar el cobre con cianuro y esa sustancia era muy tóxica para los peces.
Cuando comenzaron a separar los plásticos de los envoltorios de las placas de cobre que le traían al científico y meterlos en su contenedor, Pitu tuvo una idea:
—¿Y si aprovechamos los plásticos para las carcasas de los ordenadores?
—Muy buena idea niña. Así ahorraremos en material y todo.
Por fin pusieron en marcha el molino y la depuradora. Y así quedaron todos contentos. Las nubes satisfechas de su labor comenzaron a separarse y un  precioso arcoíris pintó el cielo de colores. Pati y Pitu fueron a contarle a Ura su éxito y ésta les agradeció su ayuda regalándoles dos conchas con una perla de río nacarada dentro como recuerdo.

FIN

miércoles, 21 de octubre de 2015

Cuento del mes

Seguro que estábais esperando el cuento del mes, sentimos no haber publicado ninguno el mes pasado y esperamos que disfrutéis con éste:




EL REY INFELIZ

 

            Erase una vez un rey muy poderoso que tenía muchas tierras y muchas riquezas. Pero tenía una desgracia: no era feliz.

            Un día, cansado de buscar la felicidad, hizo enviar un mensajero para hacer un llamamiento a toda la gente de su reino. Daría gran parte de sus riquezas a quien le consiguiera traer la felicidad.

            Un día llegó un mercader con muchas telas preciosas y le ofreció los mejores trajes del mundo. Al principio, el rey se emocionó, pensando que vistiendo con esos trajes sería el rey más elegante y así conseguiría la felicidad. Pero después de un tiempo vistiendo lujosos vestidos y ser la envidia de los reyes vecinos, éstos le dejaron de hablar y se convirtieron en sus enemigos. Entonces, le empezó a invadir de nuevo un sentimiento de insatisfacción y tristeza.

            Más tarde, llegó un piloto de avión y le ofreció recorrer el mundo entero viajando con él en su avión. Conocería lugares desconocidos y bellos y conseguiría ser feliz. Se montaron en el avión y visitaron países exóticos, disfrutaron de paisajes maravillosos… Pero con el tiempo, empezó a echar de menos su castillo y su cama y sus tierras y volvió a invadirle la infelicidad.

            Pasado unos días, llegó un cocinero y le ofreció los mejores manjares. Disfrutó saboreando platos exquisitos y suculentos. Cada día, el cocinero le sorprendía con nuevos platos. Pero al pasar el tiempo, empezó a ponerse gordo y se volvió a sentir infeliz.

            Entonces, llegó un hombrecillo un tanto extraño que le ofreció una solución muy curiosa: le regaló unas gafas mágicas con la condición de que mirara a las personas que tenía a su alrededor. Encontraría algo en ellas que le daría la felicidad. Al principio, el rey se mostró un poco desconfiado, pero el mago le prometió que volvería al día siguiente y si la receta no hubiera dado resultado se llevaría las gafas sin ningún compromiso. Por fin el rey aceptó y cogió las gafas.

            Llegó el día siguiente. El rey, al levantarse por la mañana, se colocó las gafas y cuando llegó su mayordomo a vestirle, no tuvo más remedio que empezar a poner en práctica el consejo del mago. Miró a su mayordomo con curiosidad de arriba abajo buscando algo que le pudiera dar el mayordomo y que le trajera la felicidad. Fue observándole con detenimiento y entonces, descubrió que su mayordomo tenía los zapatos viejos y raídos.

—    ¿Cómo tienes así los zapatos? ¿No tienes dinero para comprarte un calzado digno de mi reino?— Preguntó el rey.

—    Bueno, la verdad es que el salario que me paga su majestad no es suficiente para sacar adelante mi familia y mi mujer no tiene trabajo. Tengo cuatro hijos, uno enfermo y otro en la universidad y…

—    ¿Cómo es posible? A partir de ahora te subiré el sueldo al doble. Y a tu hijo, que le vea el mejor médico del reino.

—    Gracias, muchas gracias— Contestó el mayordomo sorprendido.

—    Bien poco me va a dar este hombre que casi no tiene para vivir. —Pensó el Rey. Se ajustó las gafas y salió de su habitación con intención de seguir buscando.

            Bajó a desayunar y se encontró con la cocinera que estaba preparando el desayuno cantando a pleno pulmón.

—    Buenos días, parece que está muy contenta- Le dijo el rey.

—    Buenos días, su majestad. Bueno la verdad es que me gusta mucho cantar, pero contenta, contenta. Realmente, lo que me haría feliz sería poder cantar en la ópera.-

—    ¿Y qué se lo impide? — Preguntó el rey.

—    Pues que tengo que estar aquí trabajando para servir a su majestad.

—    ¿Cómo, sólo eso? No se preocupe, váyase tranquila, seguro que la mujer del mayordomo no le importará sustituirla.-

            Y se marchó la cocinera cantando de alegría. El rey se quedó pensando que aquella mujer tampoco le podría dar la felicidad si se marchaba de su castillo y salió al jardín para dar su acostumbrado paseo en caballo por sus tierras. Llegó el encargado de prepararle el caballo y al fijarse en él se dio cuenta de que no era su encargado habitual:

—    Buenos días. Usted no es el mismo de siempre ¿verdad? ¿dónde está mi encargado?

—    Pues verá, su encargado es mi abuelo, que ya está muy mayor, ha caído gravemente enfermo y he venido yo a sustituirle.

—    Vaya, ¿y dice que está grave?

—    Sí, bastante, y me dijo que su último deseo era poder despedirse de su majestad.

—    Pues iré a verle, quizá él tenga una cosa importante para mí.

            El rey se montó en su caballo y se marchó rápidamente a ver a su encargado. Al llegar a su casa, el hombre le agradeció profundamente su visita. Se alegró mucho y muy emocionado, dio su último aliento y se murió.

            Entonces el rey pensó: — Vaya, otro que no va a poder darme nada—Y salió de la casa apenado en dirección a su castillo.

            Por el camino de vuelta, comenzó a recapacitar en todos los acontecimientos del día, un poco contrariado por el poco efecto de las gafas. Empezó a pensar en el mayordomo y su mujer ¿estaría contenta con su nuevo trabajo? .Se imaginó a la alegre cocinera cantando a pleno pulmón en la ópera .Y se acordó de su encargado que había muerto feliz por su visita. ¿Y yo?...

Al día siguiente volvió el mago:

—    Bueno. ¿qué tal, han tenido efecto las gafas? ¿me las va a devolver?

—    Pues sí, le voy a devolver las gafas. Pero porque ya no me hacen falta. He descubierto que era un infeliz porque buscaba por encima de todo mi felicidad, sin preocuparme para nada de los demás. Sin embargo, al buscar la felicidad de los demás, sin darme cuenta, he encontrado la mía.

FIN